Cabo Pantoja, a orillas del Río Napo, en la Amazonía peruana

Cruce del Río Amazonas

Desde Ecuador hasta el océano Atlántico en barco

Existen muchas formas de recorrer Sudamérica. Quizá una de sus rutas menos exploradas, sea la fluvial. Ir de un extremo al otro del continente, por su ancho, saltando de barco en barco por los ríos más caudalosos del mundo, huele a aventura. Una experiencia fascinante que sólo requiere de un puñado de días y muchas ganas de adentrarse en un estilo de vida exótico.

Casi 7500km para recorrer en barco. ¿Vamos? El camino puede empezar de este a oeste y viceversa. Lo aconsejable: acompañar la corriente del agua. Haciéndolo de este modo, el andar empezaría desde el oeste. Desde Ecuador hasta el océano Atlántico. Sobre las aguas del río Napo primero, del Amazonas después.

Para llevar a cabo la travesía, lo primordial es hacerse de una buena hamaca, la que va a oficiar de cama, mesa, silla durante el tiempo que dure el periplo. Las hay de tela, lona, red y cuanto material se les pueda ocurrir. En cualquiera de los puertos de la Amazonía, será fácil conseguir una. De la intensidad del regateo dependerán los precios. Si sos de esas personas acosadas por los insectos, una  hamaca con red anti mosquitos sería un gran plan.

Hamacas sobre el barco
Barco y Hamacas, una relación inherente al cruce del Río Amazonas

Del “Coca” a Nuevo Rocafuerte (10 horas – 13 dólares)

En Francisco de Orellana (El Coca), sobre la costa del Río Napo, comienza nuestra aventura. Cada día a las 7 de la mañana, enciende su motor la lancha mercantil que conduce hacia Nuevo Rocafuerte. La embarcación traslada pasajeros y mercadería, uniendo a Nuevo Rocafuerte, Martinica (desde donde es muy fácil ver y nadar con delfines de río) y otras localidades a las cuales sólo se puede llegar a través del río.

Nuevo Rocafuerte un pueblo de paz inalterable, con el río Napo besando toda su orilla, con sus pequeños comercios y con la simpatía de cada uno de sus 1024 habitantes. Rodeados de selva, a los habitantes de este pueblo no les queda otra alternativa que hacerse de un bote, o esperar a que algún vecino disponga del suyo para poder visitar algún vecino poblado.

En este, como en prácticamente todas las localidades cercanas al río, se mantiene el mismo modelo de construcción. La madera predomina en las viviendas, siempre distantes algunos centímetros del suelo evitando posibles inundaciones. El verde es el tono que prevalece en la escena; palmeras, bananos, árboles de papaya, frutales de todo tipo conviviendo con lagartijas y guacamayos, con gallinas y sapos, con las bicicletas y las canoas.

Casas de madera a orillas del Amazonas
Las casas de madera a orillas del Río Amazonas

¿Continuamos la travesía? 

Ahora hay que moverse desde Nuevo Rocafuerte a Cabo Pantoja –Perú– (2hs 5 dólares).  El paseo es fascinante, sobre una “peque-peque” (una especie de canoa con motor de diez metros por treinta centímetros). La selva abraza a la pequeña embarcación, que se va perdiendo en el gigantesco río. Después de dos horas de navegación, el oficial de migraciones estampa su sello en los pasaportes. El suelo peruano es un hecho.

Cabo Pantoja es un manojo de caseríos de chapa y madera enfrascado en un interminable verde. Un pueblo evitado por la globalización. Internet aún no se presenta a la cita. Los suministros de todo tipo se arriman a la población vía fluvial. Este reducto olvidado del Perú –más cerca de Ecuador que de cualquier otra localidad peruana– es totalmente dependiente del Dionicia I, el barco que arroja el ancla en estas costas cada veintiún días (tener en cuenta esto a la hora de organizar el viaje).

De Cabo Pantoja a Iquitos en el Dionicia I (3 días – 20 U$S)

En las embarcaciones de mayor tamaño y larga duración, siempre existe la posibilidad de hablar con el capitán y trocar el pasaje por horas de trabajo a bordo. Ya sea limpiando, cargando/descargando mercadería o cualquier otra función que sea necesaria.

La navegación presenta innumerables atractivos. Uno de ellos es el escenario que se genera con cada aproximación del barco a pequeñas comunidades. Los habitantes se acercan con vehemencia a la orilla para presenciar el intercambio; la compra y venta de mercancías.

La comunicación externa de estos caseríos se produce exclusivamente a través del río. Lo que llega o se va, es mediante el transporte fluvial. Lógicamente, la llegada de cualquier barco despierta la curiosidad en todos los habitantes.

Con el correr de los días, la cubierta se ha convertido en un mercado ambulante. Un espectáculo de otra época, como si formara parte de un viaje al pasado. La nave carga todo tipo de mercadería y se detiene ante cada grupo de casas para comercializar. Las personas se agolpan en la pasarela de la embarcación tomando frutas, verduras y gasolina de la bodega.

Saludando al Río Amazonas desde la cubierta del barco

Suena la campana y los pasajeros acuden a la cita. El llamado indica que es la hora de comer (la comida está incluida en el pasaje). Desayuno a las 7 de la mañana, almuerzo merodeando el mediodía y la cena a eso de las 6 de la tarde. Sopa, fideos, arroz, fruta y mazamorra son los protagonistas principales de la dieta a bordo.

Promediando las ocho de la noche, el motor del barco, encargado de brindar la energía eléctrica, se apaga. Todos a dormir con los sonidos de la selva como cortina musical.

Acercándonos a destino, el timón cambia de dirección dejando atrás el río Napo para adentrarse de lleno en el Amazonas.

Lancha "peque-peque" sobre el Río Amazonas
Las pequeñas lanchas recorren los caceríos escondidos en la selva

Iquitos La ciudad ubicada al noreste de Perú, en plena Amazonía, es de gran atractivo turístico. Pintoresca y festiva. Su malecón está repleto de gente; locales y visitantes de todo el mundo reunidos a orillas del río. Viajeros, músicos, artistas de toda índole adornan las callecitas y los bares mientras los oriundos de estas tierras húmedas ofrecen expediciones por la selva.

Como sucede en la mayoría de los puertos amazónicos, a Iquitos no se puede llegar por vía terrestre. Desde el puerto de los pescadores zarpan los navíos hacia Santa Rosa.

De Iquitos a Santa Rosa (35 hs – 15 U$S)

El Gran Diego es el nuevo hogar. Los tres niveles del barco rebalsan de pasajeros. Es un verdadero laberinto de hamacas. En este caso, la comida no es servicio buffet sino que llega hamaca por hamaca, atención personalizada. Un lujo. El trabajo del barco es siempre el mismo. Cuando se comienzan a divisar casas, suena la sirena, si desde tierra firme responden a la señal, el barco se aproxima al muelle y comienzan las labores de carga y descarga.

El paisaje no deja de sorprender.

Santa Rosa, situada sobre la triple frontera entre Perú, Colombia y Brasil, es un paraje muy pequeño. Oficina de migraciones, casa de cambio de divisas, un bar con guacamayos que posan para la foto y la panadería con los mejores panes de queso de todo el Perú. Eso es todo. Una vez aquí, es necesario buscar una lancha que cruce hasta el lado brasilero o colombiano. En nuestro caso, vamos a Tabatinga –Brasil– en “peque-peque” por 1 U$S por pasajero.

La abundante fauna y flora de la Amazonía, regalan un sinfín de colores.

Bemvindos.

Cambian la moneda y el idioma, el agobiante calor amazónico desconoce de fronteras. Sello brasilero en el pasaporte y a buscar el puerto.

De Tabatinga a Manaos (3 días – U$S50)

El F. B. Diamante es un hotel flotante. Inmenso. Con capacidad para casi setecientas personas. El barco consta de cuatro pisos; tres repletos de hamacas y el cuarto casi totalmente descubierto. La cantina y un televisor con antena satelital descansan ahí, donde la galera se amontona a ver el fútbol brasilero. Como si fuera poco, en cada planta, cuenta con duchas y baños con papel higiénico. Un lujo.

En el primer piso se encuentra el sitio sagrado del navío: el comedor. Una vocecilla anuncia en portugués cuando está lista la comida. De 6.30 a 7.30 el desayuno; de 10.30 a 11.30 el almuerzo y de 17 a 18 la cena. Mientras haya comida en las fuentes, se puede cargar el plato una y otra vez. En el primer piso hay café caliente para todos.

El calor te pasa por encima cuando el barco se detiene. Para repelerlo, las canillas trabajan 24/7 sirviendo agua helada. Una caricia para el espíritu húmedamente pegajoso.

El barco está calmo. Ya culminó el horario del desayuno y la única obligación de los pasajeros es aguardar por el almuerzo. Algunos se arriman a observar el rio y lo que en él acontece. Cada tanto, un primerizo en esto de transitar el Amazonas, grita emocionado: “un delfín, un delfín”. La alarma humana provoca el salto a la cubierta de uno y otro. El lomo rosado del animal se pierde a lo lejos con una pirueta.

Barco navegando por el Río Amazonas
La calma del río

Manaos, la gran ciudad. Un gigantesco bloque de hierro y hormigón en el corazón de la selva que no mezquina humedad para quienes caminan por sus veredas.

El mercado, ahogado de color, es de visita obligada en los días que se espera el próximo barco. Mangos, sandías, papayas, bananas, ananás, guayabas, naranjas, maracuyás y todas las frutas que seas capaz de imaginar aguardan en cajones de cartón y de madera, en estantes, o sobre el suelo mismo.

Frente al mercado, uno de los puertos de esta gran urbe. Y frente a él, puestos de comida. Arroz, feijoada, farinha de mandioca, pollo y una infinidad de pescados invaden cada plato mientras las manos persiguen en vano a audaces mosquitos.

De Manaos a Santarém (36 hs – U$S35)

El Rey Afonso es el encargado de cubrir la distancia. El acuerdo con el capitán –como en todos los puertos de este periplo– incluye dormir sobre el barco la noche previa al zarpazo. Esto permite encontrar un buen sitio donde colgar la hamaca antes que desborde de pasajeros.

 Para esta ruta la oferta de navíos es mayor que en el resto del recorrido, dependiendo qué día se elija como salida y los servicios a bordo. La música brasilera, a un volumen extravagante, acompaña el andar del barco, que no incluye la comida dentro del precio del pasaje, pero sí ofrece una cocina comunitaria para que cada quien pueda preparar sus alimentos.

De Santarém a Santana (36hs – U$S25)

Bruno es el nombre de la embarcación. La última del osado paseo a lo ancho del continente sudamericano. Las comidas están incluidas en el barco de una sola planta que viaja prácticamente vacío.

En las primeras horas de la madrugada, Santana recibe el ancla. La tripulación deja las puertas abiertas para quienes no tienen dónde ir, por lo que la hamaca seguirá colgada una noche más.

Termina la aventura tras doce días sobre el agua. Sintiendo lo diminutos que somos al vivir sobre la inmensidad del río y la selva. Presenciando atardeceres exquisitos y noches de luna llena iluminando la silueta de los árboles que husmean a lo lejos. En la retina quedan guardados los cielos más profundos, repletos de estrellas prendidas de su manto. 

Atardecer en la selva amazónica
Un atardecer magnífico navegando la selva amazónica

Despertar cada día sobre una hamaca. Donde cada movimiento logra hacer de lo mundano algo increíblemente especial.

El Río Amazonas llega a su fin. El más caudaloso del mundo le abre camino al Océano Atlántico.

Más info sobre el Cruce del Río Amazonas

Leandro Blanco Pighi

@viajero_intermitente

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