Un Pueblo de Color Azul

Chefchaouen, o simplemente Chaouen, un enclave que enamora al norte de Marruecos. Las paredes de las viviendas, calles y veredas pintadas de azul le aportan un encanto particular, atrayendo turistas de todo el mundo.

El azulado Chefchaouen desde un cerro
El azul de Chefchaouen resalta entre los cerros

Algeciras, algún día de agosto. Esta ciudad, apoyada sobre el mar Mediterráneo parece anestesiada. Como si el sol enlenteciera la cotidianeidad del último rincón español antes de saltar a la otra orilla. El puerto, inundado de nacionalidades, avanza con velocidad de caracol.

Pago los veinte euros y subo sonriendo, imaginando. La incertidumbre de no saber qué espera del otro lado es la que motiva cada movimiento. Desde la cubierta se puede ver el desfile de gaviotas y la espera de los coches por ser revisados antes de embarcar.

Europa se aleja, mientras el horizonte trae consigo al continente africano. Acariciado por la brisa del Estrecho de Gibraltar, las dos horas de recorrido transcurren con profunda calma. Las pequeñas olas acarician la embarcación.

Un escritorio cruzado en una de las salas del barco, oficia de puesto migratorio. Pasaporte en mano, los pasajeros aguardan el sello que otorga la entrada a Marruecos.

El ferry aminora poco a poco la marcha. Cercano, al alcance de la visión, se percibe un muro escrito en árabe, anunciando la llegada a otra cultura. El impacto no es menor. El paso de España a Marruecos altera las brújulas y enciende los sentidos.

Un muro en árabe da la bienvenida

El puerto de Tánger me recibe. La ciudad mantiene el caos típico de una frontera. El mapa señala que a ciento cincuenta kilómetros espera un pueblo escapado de un cuento. El colectivo, en contra de todos los pronósticos, llega a tiempo y sin que se le caiga ningún pedazo.

Chefchaouen da la bienvenida. Las casas y sembrados se amontonan sobre los cerros. Todas las construcciones se tiñen de diferentes tonos de azul. Todo. Absolutamente todo. Paredes, puertas y hasta el piso de las angostas callejuelas.

La pequeña ciudad lleva esa tonalidad desde el siglo XV, desde tiempos en que los judíos huían de la inquisición española. Cuenta un viejo lugareño, que fue por aquel entonces que los nuevos habitantes buscaron reflejar la fisonomía del cielo, para recordar a su dios. Otros argumentan que el azul ahuyenta a los mosquitos, que esa es la verdadera razón del color de la pintoresca Chaouen.

La muralla que antiguamente protegía a la población, envuelve casi por completo a este rincón marroquí. Por momentos, da la impresión de que camino sobre una maqueta. Es dentro de la medina –el casco histórico– donde sucede la magia. Siguiendo la calle principal de Chaouen, un arco (obviamente, azul) regalará el acceso al corazón de la ciudad.

Tras algunos pasos, un cartel invita a pasar. Agachando la cabeza por el estrecho marco de la puerta, se puede ingresar a una pequeña habitación. Las alfombras se acumulan en el piso mientras un anciano manipula un telar tan grande como su taller. Con profunda dedicación, exhibe cada pieza colorinche a sus nuevos visitantes.

Artesano textil en su telar
El telar, una herramienta que se mantiene vigente en suelo marroquí

Las tiendas se codean en cada callejón. Souvenires, textiles y artesanías de lo más variadas se reúnen acá. Herreros, ceramistas, carpinteros, pintores, escultores, costureros, llenan los ojos de arte, de técnicas de antaño que aún se conservan por los rincones de estas antiguas construcciones.

El paseo culmina, casi que por obligación, en la plaza Uta el-Hammam. Rodeando una fuente de agua, las sombrillas protegen a los clientes del sol azotador. Bares y restaurantes se dan cita en este encantador espacio de Chefchaouen.

Esta localidad, de unos cuarenta mil habitantes, posada sobre montañas, ofrece unas preciosas vistas panorámicas. Una gran oportunidad para apreciarlas, es desde la terraza de algún café, saboreando un té de menta.

Después de presenciar el atardecer desde lo alto y oír el llamado a oración de la mezquita, perderse por los mercados callejeros es un gran plan. Ahí se puede palpar a fondo esta cultura, tan diferente a la nuestra. Poseedora de una cocina inigualable, con su cous cous, su pastela, sus bombones de miel y maní, masas de coco y demás delicias de esta gastronomía tan abundante, influida por las culturas árabe y española.

Chefchaouen, capaz de enamorar a todo aquel que camine por este escenario de escalinatas, calles y casitas azules. 

Leandro Blanco Pighi

@viajero_intermitente

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